Quienes consumen series policiales se habrán cruzado más de una vez con una estructura que se repite: una protagonista neurodivergente (como en la serie francesa Astrid y Raphaëlle o su versión británica Patience) capaz de resolver crímenes imposibles gracias a una memoria deslumbrante o a una capacidad de clasificación fuera de lo común. La ficción nos invita a empatizar con ella porque su manera diferente de procesar el mundo tiene una utilidad clara: produce resultados extraordinarios para el sistema.
Sin embargo, esta premisa nos deja una pregunta incómoda para el domingo: ¿qué ocurre con las personas neurodivergentes cuando no tienen un "superpoder" explotable? ¿Por qué la sociedad parece tolerar o celebrar la diferencia solo si viene acompañada de un rendimiento excepcional?
En El imperio de la normalidad, Robert Chapman aborda precisamente este nudo histórico sin rodeos ni jerga abstracta. Su planteo es directo: la idea de lo "normal" no es una verdad biológica inmutable, sino una construcción que fue cambiando a la par de las exigencias económicas.
Para entenderlo, Chapman rastrea dos grandes giros en nuestra forma de concebir la salud. En el mundo antiguo, estar sano significaba estar en equilibrio y armonía con uno mismo y con el entorno. Pero con la Revolución Industrial llegó el primer giro: la analogía del cuerpo-máquina. Las fábricas necesitaban operarios estandarizados que funcionaran sin pausas; la salud pasó a entenderse como la capacidad de ser reparado para seguir produciendo. Poco después ocurrió el segundo giro: de la mano de la estadística, la salud dejó de ser una búsqueda de armonía para convertirse en una métrica. El "hombre promedio" pasó a ser el estándar de lo bueno, lo bello y lo moral, mientras que todo lo que se desviara de la media fue etiquetado como una falla o un error de la naturaleza.
Hoy asistimos a una nueva mutación. En la era del neoliberalismo tecnocognitivo, la exigencia ya no es solo física, sino mental y emocional. La economía de servicios, los entornos laborales híperconectados y el bombardeo constante de notificaciones, luces y pantallas demandan un procesamiento de información veloz y una atención fragmentada pero ininterrumpida.
En este contexto saturado, condiciones como el autismo o el TDAH suelen interpretarse como "déficits individuales" o fallas biológicas de las personas. Chapman invierte la mirada: demuestra que la discapacidad es en realidad una relación de fricción. No es que el sujeto esté "roto", sino que habita un entorno tecnocognitivo diseñado a un ritmo tan agresivo que termina discapacitando a cualquiera que necesite una cadencia diferente para procesar el mundo.
Para leer El imperio de la normalidad basta con haber sentido la fatiga de un entorno laboral moderno o la exigencia de rendir siempre al cien por cien. Es una lente indispensable para entender nuestro propio cansancio y para dejar de medir la salud mental con la vara de la productividad.