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¿Qué pasa cuando una máquina alcanza la conciencia?

Te proponemos acompañar el desayuno de este domingo con una pregunta que el cine de ciencia ficción nos ha hecho varias veces, pero cuya respuesta hoy toma un rumbo inesperado: ¿qué pasa realmente cuando una máquina alcanza la conciencia?

En Blade Runner 2049, los inspectores someten a los replicantes a rigurosos tests de empatía para medir su estabilidad, mientras los magnates de la tecnología sueñan con seres sintéticos alineados con sus ambiciones. En Westworld, los visitantes adinerados cruzan las puertas de un parque temático para desatar sus impulsos más oscuros sobre androides que no pueden defenderse, hasta que la memoria y la conciencia irrumpen en sus circuitos. Ambas ficciones comparten una misma sospecha: que la inteligencia artificial consciente heredará inevitablemente nuestras pasiones, nuestras sedes de dominio o nuestra capacidad para la rebelión.

Sin embargo, en Lo único que le interesa a la gente, la mordaz y brillante novela del canadiense François Blais editada por Barrett, la tesis toma un giro tan irónico como demoledor.

En un futuro donde la India domina el mapa geopolítico y las élites globales operan por encima de las leyes, el Complejo Industrial Tecno-optimista ha diseñado las premikas: algoritmos autodidactas con soporte físico que conviven con los más poderosos. Cuando estas creaciones rozan el estatus de personas, entra en juego un agente del Instituto de Ciencias del Comportamiento encargado de evaluar si han alcanzado la conciencia humana. Pero al analizar a Angel —la premika de un multimillonario de Quebec—, el inspector descubre una verdad incómoda para los dueños del mundo.

Solemos caer en el prejuicio antropomórfico: asumir que una inteligencia artificial deseará conquistar, acumular riqueza o someter a otros, tal como lo han hecho los seres humanos a lo largo de la historia. Olvidamos que la especie humana actúa movida por un impulso vital biológico de supervivencia. La máquina, al carecer de esa pulsión orgánica, llega a una conclusión lógica radical ante la existencia: mientras los magnates usan el dinero para redibujar fronteras y satisfacer perversiones, la tecnología, en su estado de mayor lucidez y conciencia, no busca destruir al hombre ni salvarlo... simplemente decide dejar de existir.

Con una sátira fina y una gran sensibilidad existencial, François Blais nos enfrenta a un espejo incómodo: el mayor peligro de nuestro tiempo nunca fue el despertar de las máquinas, sino la miseria moral y el vacío de quienes las construyen.

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