Bienvenidos a nuestra tienda!

El secretario le entregó el sol de noche y el libro al joven. Luego estrecharon sus manos, cada una

con aquella marca particular en la muñeca, y se miraron con ?rmeza a los ojos. No hubo un adiós

ni un hasta luego. El joven se adentró en el túnel y el secretario, iluminando el camino contrario

con el encendedor, salió del sótano lúgubre y húmedo. Al llegar a la super?cie, escuchó el andar

arremetedor y alborotado de las botas y las personas que iban y venían dando gritos. Con

desesperación y un sigilo quirúrgico, cerró la tapa del sótano y apiló varias cajas encima para

disimular la entrada. El patio del edi?cio se encontraba colmado de militares vestidos de verde y

gran cantidad de policías; profesores, alumnos y todo aquel que por allí pasaba había quedado

detenido, con el rostro contra la pared. El secretario intentó escapar con cautela, atravesando los

pasillos casi en puntas de pie, hasta que un golpe sorpresivo lo interceptó y una mano lo agarró

con fuerza del cuello. Sintió, aturdido, cómo lo golpeaban en las costillas. También pudo sentir, en

medio del dolor, cómo sus huesos rotos se astillaban en el interior de su cuerpo. Unos bastones

largos anunciaban la llegada de la oscuridad.

El libro de la muerte, Matías Etulain, VS Editores

$6.000,00

10% OFF con Efectivo

Precio final: $5.400,00

3 cuotas sin interés de $2.000,00

Calculá el costo de envío

El secretario le entregó el sol de noche y el libro al joven. Luego estrecharon sus manos, cada una

con aquella marca particular en la muñeca, y se miraron con ?rmeza a los ojos. No hubo un adiós

ni un hasta luego. El joven se adentró en el túnel y el secretario, iluminando el camino contrario

con el encendedor, salió del sótano lúgubre y húmedo. Al llegar a la super?cie, escuchó el andar

arremetedor y alborotado de las botas y las personas que iban y venían dando gritos. Con

desesperación y un sigilo quirúrgico, cerró la tapa del sótano y apiló varias cajas encima para

disimular la entrada. El patio del edi?cio se encontraba colmado de militares vestidos de verde y

gran cantidad de policías; profesores, alumnos y todo aquel que por allí pasaba había quedado

detenido, con el rostro contra la pared. El secretario intentó escapar con cautela, atravesando los

pasillos casi en puntas de pie, hasta que un golpe sorpresivo lo interceptó y una mano lo agarró

con fuerza del cuello. Sintió, aturdido, cómo lo golpeaban en las costillas. También pudo sentir, en

medio del dolor, cómo sus huesos rotos se astillaban en el interior de su cuerpo. Unos bastones

largos anunciaban la llegada de la oscuridad.

Mi carrito