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Con el lanzamiento de ChatGPT a fines de 2022 se franqueo un umbral inédito en la historia de la humanidad: el giro intelectual y creativo de la tecnología. Desde entonces se produjo un movimiento de externalización de nuestras facultades mas determinantes: producir lenguaje, imágenes, símbolos; interpretar el mundo y devolverlo en forma de enunciados veros,miles. En El desierto de nosotros mismos, Éric Sadin examina con rigor esta delegación creciente de capacidades y advierte que no se trata de una simple innovación técnica, sino de la negación radical de nuestra condición antropológica. La generalización de un pseudolenguaje matematizado y estandarizado, accesible a todos y destinado a volverse hegemónico, inaugura una era de indistinción en la que ya no sabemos con certeza qué ha sido producido por una experiencia humana y qué por una inferencia algorítmica.
Las consecuencias son profundas y múltiples. La proliferación de imágenes y textos sin origen identificable erosiona la confianza publica y alimenta el resentimiento; la gestión automática de tareas cognitivamente complejas amenaza con reconfigurar de raíz Los sectores culturales y de servicios. No estamos ante una nueva disciplina artística comparable con la fotografía o el cine, sino ante la ejecución automatizada de operaciones que durante siglos requirieron aprendizaje, sensibilidad y responsabilidad. La expansiona de la IA generativa no responde a un proyecto deliberado democráticamente, sino a la visión de ingenieros ya la ambición expansiva del imperio tecnológico.
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Con el lanzamiento de ChatGPT a fines de 2022 se franqueo un umbral inédito en la historia de la humanidad: el giro intelectual y creativo de la tecnología. Desde entonces se produjo un movimiento de externalización de nuestras facultades mas determinantes: producir lenguaje, imágenes, símbolos; interpretar el mundo y devolverlo en forma de enunciados veros,miles. En El desierto de nosotros mismos, Éric Sadin examina con rigor esta delegación creciente de capacidades y advierte que no se trata de una simple innovación técnica, sino de la negación radical de nuestra condición antropológica. La generalización de un pseudolenguaje matematizado y estandarizado, accesible a todos y destinado a volverse hegemónico, inaugura una era de indistinción en la que ya no sabemos con certeza qué ha sido producido por una experiencia humana y qué por una inferencia algorítmica.
Las consecuencias son profundas y múltiples. La proliferación de imágenes y textos sin origen identificable erosiona la confianza publica y alimenta el resentimiento; la gestión automática de tareas cognitivamente complejas amenaza con reconfigurar de raíz Los sectores culturales y de servicios. No estamos ante una nueva disciplina artística comparable con la fotografía o el cine, sino ante la ejecución automatizada de operaciones que durante siglos requirieron aprendizaje, sensibilidad y responsabilidad. La expansiona de la IA generativa no responde a un proyecto deliberado democráticamente, sino a la visión de ingenieros ya la ambición expansiva del imperio tecnológico.